Uncategorized

Menstruamos ergo marchamos

 

Menstruamos ergo marchamos – 1era parte

Menstruamos, es decir, alguna vez tuvimos que escondernos, o aún nos escondemos? Todavía hoy 8M 2018 este hábito del cuerpo femenino que sangra -el cuerpo vivo de los fluídos bajos que ciclan vida-muerte-vida- aparece invisibilizado en el espacio público-político. Aparece con pantalones blancos y perfumes que lo cubren y geles que lo tiñen y chips subcutáneos que lo eliminan. Aparece disfrazado, silenciado, mutilado, reprimido. El cuerpo uterino-vulvático-vaginal aparece medicalizado o judicializado, entramado en narrativas normalizantes o biologicistas, recubierto por cánones publicitarios de belleza corte opresora, asfixiante y patriarcal. Los cuerpos menstruantes no se ven ni se escuchan ni se huelen. De vez en cuando perforan la escena y crean emblemas de lucha: un cuerpo menstruante en pijama recostado sobre una cama en instagram, un cuerpo menstruante corriendo una maratón, un cuerpo menstruante capturado por una mirada desconolizante del under del arte contemporáneo, un cuerpo menstruante sangrando en el material audiovisual de un colectivo insurgente. De vez en cuando…

Hace años me fanaticé con la menstruación. Primero algo del orden de la rebeldía de hablar de ella en cualquier lado –almuerzo familiar, debate universitario, asamblea en el centro, birra con chongo, circulo de luna, dondesea- me hacía sentir cierto cosquilleo placentero, como quien franquea un límite de la autoridad y goza la apertura de un nuevo espacio por descubrir. Sentía como cierto fervor al percibir que lo que decía necesitaba ser dicho, a expensas de que yo lo dijera. Onda, de esto se tiene que hablar. Y me auto-incomodaba, como acto de resistencia frente a mi pacato patriarcado interior que me caratulaba de narcisista, caprichosa y monotemática al insistir en hablar sobre menstruación. Con el tiempo esa insistencia fue tomando forma de espacios que se creaban alrededor de las preguntas: el debate universitario devino en intento de tesis y en abandonar la carrera, en pintar con menstruación y en descubrir banda de artistas y pensadoras que abordaron el tema; el almuerzo familiar devino en una inversión para crear una empresa de copas menstruales y en varias discusiones con los varones y en la transformación del vínculo con mi vieja; la birra con chongo devino en sembrar la luna con un compañero y separarme del compañero; la asamblea en el centro devino en alto taller con las pibas sobre derechos sexuales y en la chispa del intercambio de lo que está pasando en los nuevos barrios; el circulo de luna devino en intenso proceso de sanación del linaje femenino con amigas alrededor del fuego y en información que fue tomando la forma de lenguaje astrológico-bioenergético-chamánico-vincular y así y así, todo eso bien mezclaíto, hace hoy de la práctica de visibilizar la menstruación un permanente espacio experimental de transformación personal y colectiva. Amar profundamente mi menstruación me ha subjetivado. Por eso hoy digo -desde esta pequeña, pequeñísima, atómica, minúscula partecita de lo que significa la gran lucha feminista- menstruamos ergo marchamos. No todxs menstruamos ni solo ni exclusivamente marchamos por visibilizar la menstruación -nunca la parte por el todo como figura retórica, ni como nada- simplemente es el lugar desde donde me caliento para marchar este año.

Visibilizando el sangrado menstrual, ajusticiamos simbólicamente el silenciamiento de los cuerpos femeninos oprimidos en nuestra historia muy pasada y muy reciente. Cuando decimos “somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar”, agradecemos a Silvia Federicci con un pícaro ademán sororo que clava un puñal al corazón de la relación patriarcado-capitalismo y la agujerea, pero también decimos: llevo a mi abuela conmigo, acá, esta tarde, cuando marcho, también, marcho con ella. Menstruamos ergo marchamos, es también un modo de sentirnos conectadas a nuestras abuelas, de útero a útero, de corazón a corazón.

Cuando tu abuela estaba embarazada de tu mamá, tu mamá siendo un feto ya tenía los ovocitos en su útero, que luego darían millones de óvulos en su vida fértil y uno de esos óvulos se convertiría en vos. Y así fue. Así que energéticamente estuviste contenida en el útero de tu abuela, y hoy energéticamente, las memorias de tu abuela están alojadas en tu útero. Así, las mujeres, de generación en generación, nos transmitimos, nos enredamos, nos entramamos, nos hermanamos. ¿Qué pensaba y sentía tu abuela sobre el embarazo, sobre el aborto, sobre la infidelidad, sobre la maternidad? ¿Cuáles eras sus prácticas con su menstruación? ¿Cómo era su vinculo con tu abuelo, con su padre, con sus hermanos varones? Como tu abuela sintió y vivió, marcó tu cuerpo, y que hoy seamos las nietas de las que no pudieron quemar –y de las que quemaron también!- nos nombra a todas como brujas y nos entrega cierta responsabilidad. Brujas hoy, en presente. No solo las brujas que secaban los campos de los señores feudales al pisarlos durante su menstruación, ni las que raptaban a los niños en escobas voladoras, ni las que se masturbaban con belladonna, sino las brujas que tenemos la capacidad de alquimizar, de hacer alquimia con-através-en nuestros cuerpos, posibilidad de hospedar la memoria. Capacidad uterina de transformar la materia, de hacer del semen un niño, de hacer del trabajo personal un entramado de empoderamiento colectivo, de hacer de este acontecimiento histórico-político del 8M un surco en el tiempo de la historia hegemónica lineal. Lo de estar hermanadas no es joda, es potencia y condiciones de posibilidad de manifestar en acto un cuerpo colectivo, en disputa y abierto. Un cuerpo social menstruante, que cicla, que circula, que lucha por derechos sin ponerse la gorra, que marcha en columnas porosas, cuerpo que trama memoria aullando silencios, que enlaza mundos improbables, que no olvida que visibilizar lo que ha sido oprimido es un trabajo colectivo. Todas somos brujas, responsables de enfrentar y alquimizar la violencia social e institucional que nos atraviesa.

 

 

Florencia Carbajal

para MeLuna Argentina